SEMEC UNA OSMIZE DE TRIESTE

“Entre el monte rocoso y el mar luminoso”, dice al pie de la escultura de Umberto Saba, poeta, librero y triestino universal. Saba fue para Trieste lo que Pessoa fue para Lisboa. El antiguo puerto del Friuli es una ciudad particular en todos sus sentidos. Italiana y tedesca al mismo tiempo, Trieste está rodeada de la vecina Eslovenia y mira al Adriático, al resguardo del Mediterráneo. Ciudad abierta que invita a quedarse. Es un punto de partida. Así lo debió sentir James Joyce, solitario y dipsomaníaco deambulando por sus calles, cafés y tabernas. Fue en Trieste donde Joyce luchó con los primeros capítulos del Ulysses, libro iniciático, viaje mítico por Dublín, ciudad hermana de la bella Trieste.

Fue la Tergeste romana, a la caída de este imperio se convirtió en baluarte militar del lado oriental, el bizantino. Más tarde pasó a reino Franco y fue punta de Diamante y puerto franco del Imperio Austrohúngaro. Esta ciudad es un lujo de cruce de culturas en la que se mezcla el ritual italiano por excelencia “el aperitivo” con los vinos calientes del centro y norte de Europa.

En Trieste te puedes levantar una mañana cualquiera, desayunar en uno de sus exquisitos cafés, subir una colina para visitar una bodega, comer en un pueblecito de mar de Eslovenia y cenar unos gnocchis con trufa blanca en un pequeño restaurant, con aires de montaña, de la vecina Croacia; de vuelta a Trieste un vinito blanco puede dar por finalizado el día. En total no habréis conducido más de tres horas.

Nada más llegar a Trieste se aprecia esta mezcla de culturas y tradiciones que influyen sobre la mesa. Los triestinos, son italianos en el “arte del buen comer”. La herencia italiana, – la simplicidad y calidad de sus platos en los que predominan la pasta, las verduras y los productos del mar-, se mezcla con la tradición centroeuropea de platos con aires eslovenos, croatos y austrohúngaros. Entre ellos destacamos elaboraciones paradigmáticas como las salchichas con chucrut, los codillos, el prosciutto cotto in crosta (jamón asado envuelto en masa de pan), el gulash, el schnitzel (muy parecido a la milanesa italiana) y el plato típico por excelencia la Jota o Iota, que no es más (pero tampoco menos) que una exquisita sopa a base de tocino, patatas y judías que resucita a muertos y enfermos. Se dice que los italianos cuando llaman a comer lo hacen con un facciamo la pasta! Aquí, en Trieste, lo hacen con un Andemo a iota!” Decid que sí. No os decepcionará.

Su geografía – punto de encuentro de la montaña con el mar, entre el Carso y el Adriático- marca, también, su compleja gastronomía. Es en la línea del Carso, meseta que en este caso hace de unión y no de separación entre la tradición gastronómica eslovena y la italiana, donde se encuentran la mayoría de Osmizes. Los sótanos en las casas de algunos agricultores se acondicionan como tabernas donde se pueden consumir los excedentes de producción de sus cosechas. La oferta no es muy variada, pero de alta calidad y perfecta sencillez. Consiste, en vinos, huevos, prosciutto, salami y queso ecológicos. Las Osmizes son lugares de peregrinaje de los vecinos de la zona, su idioma es bilingüe, y el ambiente también. Recuerda a las Biergarten centroeuropeas, con sus mesas corridas, sus manteles y la gente; con la particularidad que se vende vino, y ¡qué vino! Y embutidos de tradición italiana. Conoceréis una Osmize como las que narró Ítalo Svevo, el gran novelista, alumno y amigo de Joyce, que fue profesor de inglés en la Berlitz de Trieste y que tomó del autor italiano la personalidad de Leopold Bloom, su personaje cenital.

Estos establecimientos remontan su origen a los inicios de la Edad Media. Nuestra Osmize elegida, Sĕmec, la regenta una família, Danica, la madre, es la cuarta generación que vende con total dedicación todo aquello que produce. El recuerdo de los rábanos que, desde la tierra removida, reciben y despiden a los peregrinos es aún reciente.

Si queréis un ambiente auténtico, cálido y familiar, la visita es obligada.

 

 

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